Sin lugar a dudas; no sólo en otros planetas, sino en otras galaxias y en el universo entero. Y no necesitamos enviar ondas espaciales para corroborarlo, ni armar sofisticados y enormes complejos receptores de ondas de radio para localizar a los seres extraterrestres o tratar de comprenderlos.
Desde siempre, los antiguos sabían de la existencia de otros seres; los griegos, por ejemplo, los mencionan en su mitología; también en el Tanak y los escritos del Nuevo Testamento se nos revela poco a poco que clase de seres ocupan el universo además de nosotros y cuáles son las intenciones de unos y otros.
En el libro de génesis (bereshit), por ejemplo, hay un pasaje difícil de comprender en el capítulo 6. Allí dice que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra les nacieron hijas y que estas les parecieron agradables o atractivas a los hijos de Dios, quienes las tomaron y procrearon hijos después de haber entrado en ellas. También dice que como producto de esto hubo gigantes en la tierra, y que estos hijos eran de renombre, poderosos y eternos (invencibles).
La cosa es que, tanto en el inglés como en el español, este libro está mal traducido del original; quizás las creencias de sus traductores les impedían poner las cosas tal como estaban escritas en el idioma orininal. ¿Pero qué tiene que ver esto con lo de la vida en otros planetas? Todo.